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Introducción


El multiculturalismo es una realidad inobjetable en nuestro país. En un mismo territorio geopolíticamente definido coexisten grupos de personas con variadas influencias raciales, con tendencias culturales agudamente divergentes, con medios y fines de vida no compatibles, con lenguas no familiares, etcétera; muchas de las veces dicha coexistencia es conflictiva.
Esta entrada estará dirigida por La política del reconocimiento[1] de Charles Taylor, por una parte, y por las tesis que versan sobre la identidad de Étienne Balibar, por otra. Considero que dichas teorías nos ayudarán a elucidar sobre uno de los problemas identitarios nacionales más ávidos de atención en los últimos años.
Según la política del multiculturalismo, el nexo entre reconocimiento e identidad es evidente; la tesis sostiene que la identidad, entendida como la interpretación de las características definitorias fundamentales como ser humano que una persona hace de sí misma, se define en parte por la acción o no del reconocimiento o por la presencia de un falso y distorsionado reconocimiento que proviene de otros. Tanto la falta de reconocimiento como la presencia de uno falso, pueden perjudicar la identidad de las personas, pueden volverse formas de dominio y opresión que reducen y deforman.



El multiculturalismo mexicano


En México se presume de una historia atiborrada de pasajes en los que el falso reconocimiento fue utilizado como arma de dominio y exterminio. Desde tiempos de colonización, los ibéricos reconocían falsamente a los nativos como seres de naturaleza extraña y sospechosa, como incivilizados e inferiores. Luego, al paso de los siglos ésta dinámica de falsos reconocimientos que otorgan los dominantes siguió alimentándose hasta llegar a nuestros días, unas veces simulada, otras atrevidamente explícita. Por ejemplo, existen grupos de personas a las que, desde hace décadas, nos referimos y tratamos como “indígenas”; este falso reconocimiento que les otorgamos supone que su definitiva condición es la de pobres, ignorantes, flojos, inadaptados, retrasados y hasta bárbaros.
Inconscientemente, estos grupos han adoptado el reconocimiento que les otorgamos como el propio y el auténtico, lo han asumido como el único al cual pueden asirse para lograr la supervivencia en un país como el nuestro; y es esta autodepreciación la que se convierte en una de las cadenas más fuertes que los postra a la condición de esclavos, que los encierra en un ciclo vicioso del cual en apariencia no pueden salir. A esto se refiere Taylor cuando habla del severo daño que llega a ocasionar un falso reconocimiento, una etiqueta de discriminación y opresión, una violencia que causa a sus víctimas el odio de sí mismos.



La identidad según Étienne Balibar: tres tesis


Aquí cabe mencionar y relacionar tres tesis de Étienne Balibar, “la primera tesis es que toda identidad es fundamentalmente transindividual, lo que quiere decir que no es (puramente) individual ni (puramente) colectiva”[2]. Así, hablando de las identidades de los mexicanos como sujetos particulares, debemos ser conscientes que nuestra identidad no ha sido constituida únicamente en el plano de lo monológico, es decir, no ha sido cada uno de nosotros que por sí solos nos hemos dotado de una identidad que nos diferencia de todos los demás; debemos ser conscientes, en otro sentido, de que la identidad tampoco se constituye únicamente en el plano dialógico, es decir, en diálogo con los demás. Taylor dirá, en consonancia con Balibar, que “el rasgo decisivo de la vida humana es su carácter fundamentalmente dialógico”[3]; es así que el individuo mexicano adquiere una identidad individual en un sentido, desde el plano monológico, pero colectiva en otro sentido, desde el plano dialógico.
La identidad colectiva es la que aquí nos interesa. Pero ésta no pretende ser entendida como la única real o posible para una nación como la nuestra; más bien, se entiende por colectiva el modo de autodefinición que adoptan cada uno de los diferentes grupos culturales que coexisten en nuestro país. Con lo que se tiene que por cada grupo cultural definido, existe al menos una identidad colectiva distintiva; esta situación complica los trabajos de estudio y reflexión acerca de la multiculturalidad y la “multiidentidad” mexicanas.
La segunda tesis dice que “más que de identidades, hay que hablar de identificaciones y de procesos de identificación, pues ninguna identidad es dada ni adquirida de una vez y para siempre…, sino que es el resultado de un proceso siempre desigual e inconcluso, de construcciones riesgosas, que exigen garantías simbólicas más o menos fuertes”[4]. Con esta propuesta se cambia de perspectiva lo que se entiende por identidad y Balibar atina a la importancia de una cuestión en apariencia insignificante. La identidad no es considerada ya como algo fijo y dado, deberemos pensarla como algo inestable y cambiante.
De esta idea se desprende la necesidad de reflexionar sobre la fugacidad que caracteriza las identidades de los grupos culturales mexicanos, dicha característica es la que permite el juego interminable de intercambio cultural, a veces conflictivo o nulo, que se da entre los mismos grupos. Cabe señalar, además, que un individuo tiene la posibilidad de adoptar dos identidades pertenecientes cada una a grupos diferentes; ambas identidades coexisten en el mismo individuo, se traslapan y se imbrican; el individuo participa de distintos procesos de identificaciones y desidentificaciones a la vez, dicha participación puede darse en el ámbito de lo privado o de lo colectivo. Es por esto que no se puede hablar de una identidad fija del mexicano, no puede atraparse siquiera por un instante, ya que no sólo existe una sino siempre se presenta una inabarcable multiplicidad cambiante de identidades individuales y colectivas.
La tercera tesis de Balibar sostiene que “toda identidad es ambigua. Puede comprenderse desde el punto de vista del sujeto: ningún individuo…, diga lo que diga o crea lo que crea, posee una identidad única; esto último también significaría una pertenencia única… Sin embargo, es más interesante aún comprenderlo desde el punto de vista de la identidad, que no podría ser unívoca”. Esta última tesis se desprende de las dos anteriores. Desde la primera perspectiva, la del sujeto, ningún individuo posee una sola identidad sino que en él coexisten varias identidades en diversas intensidades; combina varias, algunas le influyen más que otras, algunas le causas más conflictos que otras. Desde la segunda perspectiva, la de la identidad, cualquiera que ésta sea, está sobredeterminada y cumple varias funciones a la vez en el individuo; siempre está en tránsito entre varias referencias simbólicas; por ejemplo, no se es médico sólo para diagnosticar enfermedades, sino además, para “ganarse la vida”, desempeñarse en una labor, plenificarse personalmente, etc.



La pluralidad de identidades mexicanas


Aplicando esta última tesis al problema mexicano de la diversidad cultural e identitaria podemos argüir que un grupo cultural definido no posee una sola identidad, incluso en su interior se mueven tantas identidades como individuos abarca y no hablemos siquiera de las identidades que un solo individuo puede poseer simultáneamente.
Ante estas dificultades identitarias que nos ayudan a localizar para la realidad mexicana estas tesis de Babilar, valdrá la pena proponer una posible y provisoria solución que atienda a los conflictos, al menos en parte, es decir, que coadyuve en la mitigación de los problemas que genera la convivencia multicultural en México.




El diálogo y la multiculturalidad


Charles Taylor habla de dialogicidad[5] como el carácter decisivo de la vida humana. Los conflictos de la multiculturalidad mexicana son un reto para todos los que formamos parte de ella. Una herramienta eficiente para su gestión y solución es el diálogo, entendido éste como un proceso de inclusión y no de exclusión. En el diálogo somos representados cada uno de nosotros por una voz, pero no se hace efectiva nuestra participación hasta que no nos mostramos de una o de otra forma interesados por los conflictos que nos competen a todos. En el diálogo se aprende del otro, no sólo se platica con el otro; en el diálogo se consideran los intereses más auténticos del otro y se reflexiona sinceramente sobre los intereses propios. Es un proceso que no simplemente consiste en sentarse alrededor de la mesa, sino sobre todo consiste en consensuar los medios y las formas de comunicación.
En el diálogo se reconoce la dignidad universal de todos sus participantes, cualesquiera que sean su raza y su cultura, así como también, en el diálogo todos tienen la capacidad y la libertad de los beneficios que significa el que su cultura propia tiene un valor que la diferencia y la distingue de las otras. Así, pues, los conflictos que versan sobre la multiculturalidad mexicana, deberían resolverse en parte por medio del diálogo consciente de las complejidades que representa la diversidad identitaria; teniendo como presupuestos, primero, que todos estamos en la misma condición de abogar por nuestros derechos universales, segundo, que cada una de las culturas tiene el derecho universal de distinguirse y de ser reconocida por las otras como diferente y digna de respeto y valor.[6]


Bibliografía consultada


BALIBAR, Étienne, “Tres conceptos de la política: emancipación, transformación, civilidad”, en Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global, Madrid, Gedisa, 2005. p. 38.

CASTELLS, Manuel, “Globalización, Identidad y Estado en América Latina”, en http://www.desarrollohumano.cl/otraspub/Pub01/Idyest.pdf (consultado el 18 de noviembre del 2011).

SEN, Amartya, Identidad y violencia. La ilusión del destino, Madrid, Katz Editores, 2007.

TAYLOR, Charles, “La política del reconocimiento”, en El multiculturalismo y la política del reconocimiento. Ensayos de Charles Taylor, México, FCE, 1993.

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[1] TAYLOR, Charles, “La política del reconocimiento”, en El multiculturalismo y las políticas del reconocimiento, México, FCE, 1993.
[2] BALIBAR, Étienne, “Tres conceptos de la política: emancipación, transformación, civilidad”, en Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global, Madrid, Gedisa, 2005. p. 38.
[3] TAYLOR, Charles, op. cit., p. 52.
[4] Ibídem, p. 39.
[5] TAYLOR, Charles, op. cit., p. 52.
[6] Ibídem, p. 100.